Un frío amor de verano

Llegó el 14 de febrero, del año que no quiero recordar.

Hoy emprendo un viaje distinto a lo acostumbrado, donde el silencio será mi compañero de travesía. Prendo un cigarro y me sirvo una copa de vino, porque el viaje por lo que veo, será largo. No puedo apreciar bien el paisaje. El día se nubló y con esa imagen se asoman algunas lágrimas y un recuerdo que me traiciona, como si fuera un maldito deja vú. ¡Respiro! Aquí va mi confesión. Permítanme presentarme: soy Apolo.

Escuché a un viejo hombre decir que el amor de verano era especial, mágico e inolvidable. ¡Qué viejo más ingenioso! Sus expresiones parecían ser certeras, su naturalidad y franqueza, promovían confianza y seguridad. En definitivo era un sentimiento que deseaba emular. Siempre desee experimentar el tener a alguien y me hiciera sentir como en un cuento. Solo esas palabras bastaron, para trazar una ruta desde la mente al corazón, inmutando la conciencia y pensando en aquella historia de amor con pasión y fervor. Entonces, todo comenzó con una taza de café, una sonrisa y una buena conversación. Lo suficiente como para suspirar y creer en la magia. Un verano muy especial. Los días, por más oscuros que estuvieran, los pintaba de muchos colores y muchos suspiros. Me enseñó lo desconocido, sus besos fueron una conexión directa a otra galaxia y su sonrisa sensual aceleraba mi corazón. Me decía: te haré olvidar tu pasado, el cual no recuerdo de que trataba; te daré seguridad y ahora me siento desnudo e indefenso; serás la única persona en mi vida y siento una herida muy grande en mi alma, como si me dieran una puñalada directo al corazón.

¡Qué idiota fui! Aún busco perdonarme el haber vivido en una ilusión pura y atrevida. Mientras duró el calor de verano me hizo sentir feliz. Al llegar el final de la temporada, lloré, sabía lo que venía. Ya no conocía mi nombre y el sentimiento no era el mismo. Acepto que solo fui una aventura de verano. Pero para mi en realidad fue, el amor que jamás pensé vivir. Sentado en este vagón con los ojos llorosos confieso, que deseo regresarme y atarme a sus brazos. Pero no puedo, su frialdad me lo impedirá. ¿Qué haré ahora? No sé. No soy creyente, pero le pedí al cielo que me ayudara a sanar la herida. Lo que se supone que fuera algo placentero, terminó siendo nostálgico y melancólico.

¡Ojalá me encontrara con el viejo, que dijo que el amor de verano era mágico! Necesito que me diga cómo es; ¿cuál es la fórmula?

Me estoy muriendo por ser inocente y por creer en esta historia del “amor”. No encuentro consuelo. El tren entra a un túnel oscuro y largo, solo pienso en su último beso. Un beso de despedida, entrega, fantasía; uno con sabor a traición y dolor, porque conocía el final de esta trágica historia.

Ya no tengo fuerzas para seguir escribiendo… ¡Estoy destruido! Si tuviera la oportunidad de hablarle de frente, aunque fuera la última vez. Le diría que desearía escupirle este dolor, pero no puedo. Te amé con toda mi alma, pero nunca entendiste el significado de esa temporada. Te amé y estúpidamente me ilusioné. Te amé, porque me entregué aún sabiendo como terminaría esta historia. Te amé, porque me hiciste feliz.

Ahora tengo que seguir a mi destino final, vivir con el hecho de que ahora eres parte del pasado, pero con una estúpida esperanza de volverte a ver.

Localidad: Viejo San Juan

Fotógrafo: Juan A.

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