Bendícenos, amén.

Le regaló una flor con el último pétalo, y le dijo: tú decides.

Carlos Gómez B.

Leía uno de los poemas de Carlos Gómez B. que rezaba de la siguiente manera: “Cuando no sé quién soy ni qué quiero, pulso el play y juego a buscarte en todas las canciones“. Una mañana soleada, los pájaros con su melodía perfecta y el aroma del café despertaron a Apolo luego de una batalla crucial durante la noche. El demonio del recuerdo lo atormentaba. Alcanzaba a ver la sombra de su amada, y desde el interior deseaba que se detuviera y volteara a verlo. Cada vez que intentaba llamarla, algo impedía que pronunciara su nombre. Estaba tan cerca, pero a su vez tan lejos, como si los separara un gran abismo. Pregonar muchas veces se le hacia sencillo, pero solo susurraba cuando de ella se trataba, pues siempre era lo ideal. Su alma procuraba su presencia; hasta que llegaba la mañana. Abrir los ojos era como saltar al vacío y como destino, encontrarse un espacio de rocas afiladas.

No entendía lo que había ocurrido en esos días, murió el amor y las ganas de seguir luchando. La vio feliz, la vio hermosa, pero no podía ir tras ella. Ya había muerto, no había vuelta atrás. Las ganas de expresar un te amo, desaparecieron. Los planes, sueños y anhelos, quedaron en la nada.

Va todos los días a su tumba y le lleva sus flores favoritas. Nuevamente hace el mismo chiste, ese último que le hizo reír hasta dolerle la barriga y reza esa oración que tanto le pedía: “bendícenos, amén”.

La gente, piensa que ha perdido la cabeza porque va a verle vestido como si fuera para su boda. Se repite una y otra vez, “Apolo no estás loco, ella se fue a mejor vida, a la que decidió que sería feliz”. Mientras despierta en brazos de otro, le atormenta pensar que su sonrisa será lo primero que él podrá apreciar. Solo espera que le valore como una vez prometió hacerlo. Muchas personas pensaron que hacía el ridículo exhibiendo y creando un mundo de fantasía junto a ella en su imaginación. Incluso, fue el centro de conversaciones entre sus colegas y no le importó, porque la amó.

Ya son las seis de la mañana, y como de costumbre se despierta y va camino al cementerio del olvido, a llevarle sus flores favoritas, a llorar una vez más y a rezar aquello que está grabado en su epitafio: “bendícenos, amén”.

Localidad: Cementerio Santa María Magdalena de Pazzis, Viejo San Juan.

Fotógrafo: Juan A.

2 comentarios en “Bendícenos, amén.

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